El cielo llora mi desespero, invade mi alma estancada en
tu adiós.
Golpea sobre mi cara, intentado despertarme de este
trance, pero es ya tarde, muy tarde.
Miro hacia la bóveda celeste en busca de tu rostro pero
el cruel rocío me lo impide.
Cuando caminó por el sendero de la mentira, la
irreductible hipocresía, supe que nunca fue parte de mí, tan solo una entidad
física que nunca trascendió el muro insoportable de mi piel.
Y ahora aquí, buscando mi rumbo, naufrago a placer en
letras, verbos, palabras, ese paisaje imaginario, intangible y maravilloso que
llamamos soñar, y me siento vivo, respirando feliz el aire de tu ausencia.